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jueves, 8 de septiembre de 2011

EL CERROJO* - Rafael Blanco Vázquez


Estoy cagando y veo en el suelo la silueta de mi cabeza con el pelo cortado al ras, una cabeza y dos orejas perfiladas en las baldosas mientras con las manos hago sombras chinescas. Pienso en Serge Gainsbourg expresando su desencanto de “no poder cagar rosas”, pienso en Charles Baudelaire proclamando que “hay que ser sublime sin interrupción”, pienso en Francisco Umbral lamentando la imposibilidad de ser sublime por la obligación de cagar y eyacular, termino de cagar, me voy a mi biblioteca y busco ese párrafo de La insoportable levedad del ser que lleva varios días rondándome: “Se durmió con aquella dulce idea. Y en el umbral del sueño, en ese mágico territorio de imágenes confusas, de pronto se sintió seguro de haber descubierto la solución de todos los misterios, la llave del secreto, la nueva utopía, el Paraíso: un mundo donde el hombre se excita al mirar una golondrina y donde puede querer a Teresa sin verse interrumpido por la agresiva estupidez del sexo. Se durmió”. Y recuerdo esa frase tantas veces oída: “Dormir es una pérdida de tiempo”. Y me digo que no dormir sería una pérdida de “ese mágico territorio de imágenes confusas”, una pérdida de la magia. Y es evidente que el hombre se pasa la vida queriendo ser lo que no es en lugar de disfrutar de todo aquello que es, pero disfrutando igual, mas sin dejar de soñar hasta con dejar de soñar. Y es obvio que es su esencia soñar utopías, temer distopías y estar en el medio por siempre. Y es un hecho que entre la realidad y el sueño, entre el tedio y el temor, entre el cuerpo y el alma, se encuentra un ser inquieto pero inmóvil, agitado pero estático, cambiante pero fijo, encerrado en esta contradicción: el sueño es una realidad.


* Publicado en el blog La esfera cultural



Imagen: How to grow up in a box, de n05feratu en deviantART

sábado, 3 de septiembre de 2011

DECLARACIONES - Rafael Blanco Vázquez


Alberto lo tenía muy claro. A él le apasionaba el baloncesto y no soportaba el fútbol, qué era eso de once tíos corriendo detrás de un balón. Vaya una cosa.
           
A Luis que nadie le viniera con historias. Si el relato corto era un terreno en el que se habían hecho y se harían maravillas, el cortometraje sería siempre un género menor. No, no insistan, de verdad.
           
A Mathieu le encantaban los aforismos pero con los minirrelatos tenía un problema. “No sé, los encuentro un poco cortos.”
           
Gladys se había hecho famosa con una serie de películas de éxito mundial. Tenía 20 años y era millonaria. Pero estaba harta de farándula y oropeles. Decidió convertirse en una persona normal y así lo hacía saber en todos los medios puestos a su alcance. Televisiones, tabloides, Internet. Que el mundo lo supiera. A partir de ahora Gladys ya no era Gladys.
           
Michel también era actor. Pero él ya tenía más de cuarenta años. El éxito no se le había venido encima, era algo que él se había ganado a pulso, currando. Porque es eso lo que él era, un currante. Por eso sus películas siempre hablaban de currantes, por eso sus personajes siempre eran gente humilde. Por eso él militaba en tantas asociaciones. ¿Que por qué siempre quiso ser actor? Vaya una pregunta. Porque él siempre tuvo muy claro que no quería ser contable, oficinista, carpintero. Que él valía para más.
           
A Cristina la película le había parecido superficial. Eso era todo. Cuando su novio le dijo no, lo que te pasa es que no te gusta la comedia, que desprecias el humor, ella se defendió: he dicho que no, que se trata simplemente de una cuestión de superficialidad. “¿Y la telenovela esa que ves todos los días?”, insistió el novio. “Una debilidad. Soy humana.”, esquivó ella con orgullo. “Te gusta porque es seria: las telenovelas son estúpidas pero serias”, se desesperaba él, sin resultado.
           
Walt Whitman dejó escrito:

¿Que yo me contradigo?
Pues sí, me contradigo. ¿Y qué?
(Yo soy inmenso, contengo multitudes.)

Según Ortega y Gasset no hay que dudar en proclamarlo: Yo soy un hombre con mis contradicciones.


Imagen: Dialogue, de quick2004 en deviantART

martes, 23 de agosto de 2011

MARMÓREO - Rafael Blanco Vázquez


Soy un perforador misógino de coños y que no vengan a obstruirme las pelotas con tonterías.
Os guste o no, es lo que hay.
No necesito vuestra opinión, mendas y chochos del mundo.
Sé que no por ello dejaréis de darla, pero mi picha es sorda y se niega a justificación alguna.
Estoy rodeado de maricas que se justifican mientras yo permanezco de mármol.
La palabra justificación hiede a excusa; sin embargo la palabra mármol rima con árbol: me gustan las palabras robustas.           
Si te parece me van a gustar palabras tipo amapola.
El otro día una hembra se atrevió a decirme:
- ¿Por qué ya no quieres acostarte conmigo? Sé sincero, sabes, puedo comprender.              
Como si su comprensión me importase lo más mínimo. Me fui sonriendo con sorna.

Una vez, una, lo recuerdo perfectamente, me justifiqué ante alguien.
Aquello me aniquiló.
Pasé la peor semana de mi vida.
No conseguía justificarme ante mí mismo.
           
Esta declaración de principios no es en absoluto una justificación. Lo aclaro porque os veo venir, que sois todos unos listos.

Imagen: fist, de IslandJoe en deviantART

lunes, 22 de agosto de 2011

LA BELLA Y LA BESTIA* - Rafael Blanco Vázquez




Yo lo que digo es que ella lo hacía adrede. Que yo me equivocaba al ponerme como me ponía, vale, de acuerdo, puede ser. Pero ella lo hacía adrede, a mí que no me vengan.

Se pasaba las horas muertas insistiendo con lo de la seguridad. Convenía cerrar bien puertas y ventanas, sobre todo de noche. Pero como en todo, sólo insistía de boquilla. Después la mayoría de las veces tenía que estar yo detrás de ella para que no se lo dejase todo abierto.

Aquella noche yo estaba muy cansado. Lo cerré todo y me fui a la cama. Ella se quedó un rato viendo la tele. Aún dormía cuando me desperté por la mañana. Bajé (vivíamos en una casa de dos plantas) y vi que la puerta de la terraza estaba entreabierta.

Cuando la señorita (que roncaba como un elefante) se despertó, y tras un intervalo prudencial en el que la dejé que se tomase su café y se fumase los cuatro cigarros de la primera hora de su jornada, en un tono bien cuidadoso para no herir su susceptibilidad le dije:

- Cuqui, no es por nada, pero ayer no cerraste la puerta de la terraza.
- Sí que la cerré, lo recuerdo perfectamente.
- Esta mañana me la encontré entreabierta.
- Pues yo recuerdo perfectamente que la cerré.
- ¿Y entonces cómo es que estaba entreabierta?
- Yo sólo sé que recuerdo perfectamente que la cerré.

Y ahí estallé. No lo pude evitar. Me puse a pegar unos gritos que me asustaron a mí mismo. Me temblaban las manos, me palpitaba el corazón, se me salían los ojos de las órbitas. La llamé de todo. ¿Cómo era posible tener tanta mala fe? ¿Qué necesidad había de seguir negando una evidencia? ¿Es que no era posible que se callase, que aceptase un error, que por una vez dejase de combatir, de competir, de rivalizar?

Con aires de inocencia y la voz temblorosa me dijo que me tenía miedo, que yo era un ogro, que qué sentido tenía ponerse en ese estado, que vivía en una angustia perpetua porque yo era una escopeta cargada, que así no podíamos seguir.

Pero eso ya lo sabía yo, que no podíamos seguir, ni así ni de ninguna forma. Que ésa es otra. ¿Por qué oscura razón seguíamos juntos? Yo no la soportaba, ya no follábamos (en realidad sí, y eso era lo peor: era de esas veces en que uno folla a menudo pero tiene la sensación de que no: ¿saben de lo que hablo?), apenas nos dirigíamos la palabra, en varias ocasiones dormí en otra cama, en otra habitación, y no se dio ni cuenta. Yo la miraba y me parecía fea, me molestaban sus ronquidos, su respiración difícil (era asmática), su voz, todo, en fin.

¿Pero qué tiene eso que ver con lo de sus tres negaciones? ¿Qué ganaba ella sacándome de mis casillas a base de mala intención? ¿Era masoquista? ¿Estaba buscando razones para que lo nuestro se fuera definitivamente a pique? ¿Le gustaba ver que mis emociones dependían de ella: antes el placer sexual, ahora la ira? ¿Necesitaba mi ira para desempeñar su papel favorito, el de pobre víctima inocente?

Probablemente un poco de todo. Pero a mí que no me vengan, lo hacía adrede.

Dicen que cuando uno se enfada pierde. ¿Pero qué necesidad tenía yo de ganar semejante combate? Eso hubiera significado que lo aceptaba.


* Publicado en el blog Breves no tan breves


Imagen: Buried Alive, de Isabella2013 en deviantART



LA CHICA DEL SOMBRERO* - Rafael Blanco Vázquez



Hay que ver lo mal que estoy en esta foto. Me encuentro la mar de viejo. Y tengo un gesto triste. Hay que decir que en esa época salía con una tía insoportable, que me tenía amargado. ¿Por qué la aguanté tanto tiempo? Te juro que aún no lo entiendo, dos años después. Recuerdo que vagaba por las calles de la capital sin saber qué hacer. Me metía en cualquier bar y leía. Eso sí, curiosamente leía mucho. Quiero decir que la angustia que me provocaba salir con ella no me impedía leer, todo lo contrario. Va por épocas.

Lo único que me gustaba eran nuestras noches, ciertas noches. Ambos éramos extranjeros y ella me pedía que le cantase canciones en mi idioma. Eran momentos hermosos.

Los orgasmos fuertes la hacían gritar en el suyo, y a mí me daba la risa. Al terminar fumábamos y nos besábamos y a veces yo le pintaba las uñas de los pies.
           
La muy cachonda siempre llevaba las uñas de rojo.

Yo no podía más. ¿Por qué tenía que abrir la boca, con esa voz nasal?

Aquí tengo otra foto de la misma época. ¿No te parece que sonrío sin ganas? No sé.
           
Era una tía antipática, fundamentalmente. Una tía, cómo decirlo, poco simpática. No daban ganas de hacer chistes, de comentar una película, de compartir una sobremesa. Ahora bien, era la más agradable de todas sus amigas.
           
Yo acababa de dejarlo todo, trabajo, ciudad, amigos, porque necesitaba cambiar de vida. Ella me sedujo como nadie lo había hecho y como nadie lo ha hecho desde entonces. ¿Ves esa gente antipática que sabe lo que quiere? Yo me encontraba en un café con un grupo al que acababa de conocer. Tenía la noche inspirada, estaba más gracioso que nunca. Ella leía sola en un rincón, con las piernas cruzadas y un sombrero en la cabeza. Parece ser que no podía parar de escucharme y que se dijo: “Éste para mí”. Esa misma noche follamos en la mesa de su cocina.
           
Cuando sentí que se acercaba al orgasmo, me gritó en su idioma:

- Fóllame, fóllame.
- Pero si te estoy follando, golfa.
- Cállate, cállate.          

Entonces me agarró la cabeza con fuerza y yo, de un golpe seco, le metí un dedo en el culo. Una barbaridad, un gustazo, pensé que se me rompía la polla.
           
Era una tía extraña. Mírala en esta foto. Seductora y repulsiva a un tiempo. Guapa y fea a la vez. Espabilada pero pánfila. Con las uñas de rojo como siempre, la muy distante. Y mírame a mí a su lado. Un hombre apagado, apocado, consumido.
           
Ahora estoy mucho mejor. Dos años más viejo y parezco mucho más joven. ¿Será la soltería? No lo sé, porque ganas de una noviecita no me faltan. Pero creo que les tengo miedo. Hay algo en las mujeres que me pone tenso, algo que nunca funcionará entre ellas y yo. Y creo que sé lo que es: que a mí me gusta estar vivo.  



* Publicado en el blog Breves no tan breves


Imagen: Rhythm and Blues, de klukart en deviantART

domingo, 21 de agosto de 2011

¿HAY ALGUIEN AHÍ? - Rafael Blanco Vázquez



Me crucé con unas pollas. Una se quejaba amargamente de que sólo la quisieran para mear. “Qué vida más aburrida –suspiraba–, siempre lo mismo”. Su prima estaba hasta los pelos de subir, bajar, entrar y salir. Una amiga común ya no aguantaba más los condones. Y a una vecina de ésta la tenían asqueada las hemorroides.

Luego me llegaron voces de prendas íntimas, todas inconformes con su destino. Llamaron mi atención los lamentos de las bragas, que aseguraban sentirse marginadas. Transcribo aquí la arenga de su líder:

“Hermanas. Triste es el destino de las bragas de una ciudad sin bragas. Esta situación no puede continuar. El nuestro es un oficio de siglos. Las hembras de esta ciudad ya recurrían a nuestras madres, abuelas y bisabuelas para taparse el culo (que bien sucio que lo llevaban a veces, por cierto). Y ahora resulta que se ha puesto de moda no llevar bragas. Total, para pasarse el día quitándoselas, argumentan. ¿Y nosotras qué? ¿Cómo alimentaremos a nuestras hijas? ¿Qué valores les inculcaremos? Porque como esto siga así, nos van a salir de lo más perezosas. Sólo van a saber acicalarse y bailar pop, y no habrá forma de que comprendan el valor del esfuerzo. Hermanas, debemos defender nuestro honor, nuestra fe en el futuro y nuestro apego a las raíces. No podemos permitir que nos pisoteen la dignidad. Movilicémonos.”

Claro que, para dignidad pisoteada, la de las cacas de perro. Cómo aullaban a la noche, madre mía, aún hoy no puedo recordarlo sin que se me erice el vello.

Toda la ciudad era un lamento colectivo pero dispar, cada cual tratando de hacer llegar su congoja.

Y yo, forastero venido de la nada, enseguida comprendí que lo mejor que podía hacer era subirme las solapas de la gabardina, calarme bien el sombrero y caminar con la espalda encorvada.


Imagen: Last One Alive - Color, de 0-dcl-0 en deviantART

sábado, 20 de agosto de 2011

MINUCIOSO - Rafael Blanco Vázquez


Se despertó hacia las 10 (se había acostado a las 2 en punto).
Se lavó la cara, los dientes, expectoró.
Encendió el ordenador, consultó su correo electrónico, no tenía mensajes.
Se puso una camiseta azul, unos vaqueros azules, unos calcetines grises, unos zapatos beiges.
Cogió las llaves, abrió la puerta, la cerró del otro lado, bajó los 20 escalones que le separaban del portal del edificio, salió del edificio, enfiló a la derecha, anduvo 500 metros, entró en su bar habitual y se pidió el desayuno acostumbrado: café solo, tostada de tomate, zumo de naranja natural (que se tomó de un sorbo para que no se le fueran las vitaminas). Era la camarera de siempre, una morenita sonriente con voz de pito y canalillo que se parecía a la novia de Popeye.
Cuando acabó de desayunar pagó (ya conocía la cuenta), se fue despidiéndose educadamente, enfiló a la izquierda, anduvo 500 metros, entró en su edificio, subió los 20 escalones que le separaban de su rellano, abrió su puerta, la cerró con llave del otro lado (manías heredadas), se quitó los zapatos, los calcetines, los pantalones, la camiseta, y así, en calzoncillos (hacía mucho calor), se puso delante de su portátil (lo había dejado encendido) con la intención de escribir algo (llevaba un tiempo escribiendo minirrelatos que, según le decían algunos que le leían con regularidad, tenían la virtud de dejar libre la imaginación).

No se le ocurría nada. Se fue al sofá. Se tumbó. Se acordó de su primera novia, la de las mamadas subacuáticas (piscina, playa). Luego se acordó de aquella que se sacaba la polla de la boca para eructar (se ve que no tomaba aire correctamente; a él le hacía gracia que su polla pareciera un micrófono). Ambas novias eran tetonas. Una las tenía caídas, la otra separadas. Ambas eran de chocho peludo y culo escaso. Ambas eran bajitas y andaluzas, una era rubia y otra morena. Una se llamaba Susana y la otra también. Hacía tiempo que no las veía. Con una hablaba regularmente (ella lo había dejado), la otra había cortado todo contacto (la había dejado él).
(Era lo mismo con todas sus ex).
Pensó que las mujeres le perdonan todo a un hombre menos que las deje por convicción. Le perdonan que se acueste con otras, que les pegue, que le haga un bombo a la vecina, que las arruine económicamente, pero que las deje porque todo se acaba, eso para las mujeres es imperdonable. Pensó que a las mujeres les gustan los hombres débiles.

Pasaron varias horas. El sofá le daba calor (era de skay). Sudaba la gota gorda (más que peinando leones).
Se levantó, se quitó los calzoncillos, los metió en la cesta de la ropa sucia, se fue al cuarto de baño, hizo un punto de pipí y otro de popó, se limpió el culo, se duchó, se secó, se miró al espejo (últimamente le parecían bonitas las arrugas del rabillo del ojo), se puso la misma ropa de antes (con calzoncillos limpios), salió a almorzar (nunca comía en casa), lo hizo en el primer restaurante que encontró (en la calle paralela a la suya, a idéntica altura), pidió tallarines de la casa con crema de espinacas, agua mineral sin gas, ensalada de frutas, café solo con azúcar (no soportaba el café amargo), y, cuando acabó, pagó lo que indicaba la cuenta y se fue despidiéndose cortésmente del dueño del restaurante y de la camarera, una cuarentona fea y antipática que refunfuñó un vuelva usté cuando quiera, caballero.

De vuelta en casa, de nuevo en calzoncillos, volvió a tumbarse en el sofá. No se le ocurría nada que escribir. Se acordó con emoción de varias películas que le gustaban particularmente y le retrotraían a épocas anteriores, cuando las veía una y otra vez (llevaba dos meses sin ver una sola película ni leer un solo libro, lo único que hacía era escribir). Esas películas eran:

            Calles de fuego, de Walter Hill.
            Forajidos de leyenda, de Walter Hill.
            La huida, de Sam Peckinpah (con guión de Walter Hill).
            Muerte entre las flores, de Joel y Ethan Coen.
            Casino, de Martin Scorsese.
            El club de la lucha, de David Fincher.
            El show de Truman, de Peter Weir.
            Los rompepelotas, de Bertrand Blier.
            Christine, el coche asesino, de John Carpenter.
            Vestida para matar, de Brian De Palma.
            La naranja mecánica, de Stanley Kubrick.
            El porqué de las cosas, de Ventura Pons.
            8 mujeres, de François Ozon.
            Las horas, de Stephen Daldry.

Luego se acordó de la época en que no paraba de escuchar a Pink Floyd, a Tom Waits. Entonces decidió poner música y cantar y bailar como cada intérprete. Adrienne Pauly sacaba a relucir su lado femenino con J’veux un mec (“Quiero un tío”), Arthur H hacía de él un cantante de baladas con Anabelle (durante 3’33’’ el amor era posible), con La Cabra Mecánica hablaba por la nariz.
Se quitó la sed bebiéndose un litro de agua mineral.
Intentó leer un poco pero no lo consiguió. No podía concentrarse. Quería escribir. ¿Por qué no se le ocurría nada? ¿Ya nunca más se le ocurriría nada? ¿Era sólo pasajero? ¿Cuánto tiempo le quedaba de vida? ¿Se follaría a esa cuarentona que tanto le gustaba? ¿Cómo era posible que le gustase una cuarentona, si seis meses antes no las soportaba mayores de 25? ¿Qué le estaba ocurriendo con 37 años? ¿Eran los 37 para él una edad bisagra?
Se quedó dormido. Se despertó a la hora de la cena. Como había vuelto a sudar que era un escándalo, volvió a ducharse y a cambiarse de calzoncillos (con la edad su sudor y su nabo adquirían olores nuevos, más fuertes). Salió a cenar cumpliendo con el ritual citado (cierre de la puerta con llave). Cenó por el barrio, en un restaurante muy concurrido que estaba junto a un pub donde siempre había conciertos (de funk, de reggae, de rock). Cenó pues (salmón ahumado, flan con nata, café con azúcar), pidió la cuenta, pagó, se fue despidiéndose civilizadamente del camarero, se acercó al pub, entró, se pidió un whisky (Johnnie Walker etiqueta roja), asistió a un concierto de funk nacional, intercambió un par de frases con una francesa rubia muy mona pero algo joven y se volvió para su casa (que estaba a 770 metros).

Tras desnudarse, consultó su correo electrónico (un par de spams), apagó el ordenador (le gustaba la foto del fondo de pantalla, se encontraba atractivo), se lavó los dientes (qué amarillos que iban quedando), se metió en la cama (sin taparse) y se durmió al instante.


Imagen: lines hold the memories, de agnes-cecile en deviantART

CADÁVERES* - Rafael Blanco Vázquez


Al llegar a casa esa noche, lo primero que vio el inspector Villena fue a su mujer con una maleta en cada mano:
- Te dejo a vos y a tu micropene sonrosado. Me voy con Martín que es géminis.
El inspector Villena no reaccionó. Se limitó a quitarse el sombrero y la gabardina y a colgarlos en el perchero. Su mujer se fue dando un portazo.
Había sido un mal día para el inspector. Había visto ocho cadáveres humanos, dos de gorrión y uno de perro. Peinazo, su compañero del alma, había perdido el prepucio en un tiroteo. Y su jefe no paraba de gritar desde que había dejado el tabaco.
Se dio una ducha rápida, se cascó una paja lenta, se preparó una comida ligera y se sirvió un coñac cargado.
Se puso un disco de jazz y se encendió un buen puro.
- Y ahora a ver si consigo desentrañar ese maldito minirrelato.

El inspector Villena se había aficionado a los textos breves. Todo empezó una noche de insomnio en que vio un cortometraje que culminaba con un aforismo. Le pareció que aquellas pocas palabras que desfilaban por la pantalla recogían el universo entero. Poniendo en ello la pasión devoradora que nunca supo que llevaba dentro, pronto se convirtió en un experto en la materia, y no le importaba que sus compañeros y su mujer se riesen de él, que lo llamasen el rarito, el niño especialito, el tontolhaba. A él sólo le importaban sus silogismos, sus microcuentos, sus videominutos.
(¿Por qué nunca le interesaron las canciones ni los poemas?)
No había sido fácil. Todo universo requiere un aprendizaje. Se había tenido que ir acostumbrando a unos conceptos, a un lenguaje, a una concisión. Pero lo había logrado, vaya si lo había logrado. Hoy por hoy se jactaba de comprender cualquier narración, reflexión, meditación (en prosa), que no superase las cinco páginas o el cuarto de hora.
Hoy por hoy. En fin, mejor dicho hasta la semana anterior.
Y es que hacía exactamente seis días que había leído un minirrelato de tres páginas cuyo sentido profundo se le escapaba. ¿Cómo era posible? ¿Se estaba haciendo viejo? ¿Se le estaba derritiendo el cerebro de tanto trabajar? Lo que estaba claro es que la cosa tenía tres bemoles.

En ese momento sonó el teléfono. Chasqueando la lengua, el inspector Villena descolgó el auricular.
- Sí.
- Gumersindo, soy tu hermana.
- ¿Qué tal estás?
- Mal, me ha dejado Enrique.
- A mí me ha dejado Mariela. Pero yo estoy bien.
- Normal, era una petarda.
- Enrique es un palurdo y ya ves.
- No te permito que hables así del padre de mis hijos.
- Bueno, ¿qué quieres?
- Tienes que curarte, Gumersindo. No puedes seguir así. Te estás volviendo huraño, hosco, retraído.
- Tampoco es que antes fuera la alegría de la huerta.
- Fíjate cómo le hablas a tu hermana. Me tienes muy preocupada, que lo sepas. Miniescritores, os odio.
- ¿Algo más?
- Sí. ¿Quieres que mañana vaya a tu casa y te haga de cenar? No es bueno que estés solo.
- No, necesito reflexionar.
- Como quieras. Un beso.
El inspector colgó, se levantó del sillón, fue a la biblioteca, sacó el volumen en cuestión, lo abrió por la página de marras, releyó el susodicho minirrelato y se echó a llorar. Lágrimas como huevos de avestruz. No lo entendía. No había forma ni modo ni manera. No lo entendía.
Arrellanado en su sillón se quedó dormido.

Soñó con su madre muerta. Soñó con su amigo Peinazo, circuncidado para siempre por un calibre 22. Soñó con todas las veces que la suerte les había librado de las balas. Soñó con los cuerpos de los gorriones. Soñó con películas de John Carpenter. Soñó con Un perro andaluz. Soñó con su infancia, su adolescencia, su primera paja. Soñó con Hitchcock. Por un cielo de aforismos blancos aleteaba una bandada de minirrelatos que de pronto se abalanzó sobre los paseantes, todos con sombrero y gabardina.

Se despertó con el cañón de una pistola en la boca. Todo estaba oscuro. No podía ver la cara de su agresor. Intentó hablar.
- No entiendo nada de lo que dices. Así sin la pistola será más fácil.
- Que digo que no quiero morir.
- ¿Y a mí qué coño me importa?
- ¿Quién eres?
- ¿Y eso qué coño importa?
- Necesito comprender ese maldito minirrelato.
- Todos necesitamos comprender.
- Pero.

El disparo rompió la calma de la noche.
El cadáver del inspector Villena fue encontrado al día siguiente por su hermana, que le llevaba un plato de sopa caliente, una chuleta y un poquito de gazpacho.


* Publicado en el blog Breves no tan breves


Imagen: Buy the Ticket, Take the Ride, de mtzeilman en deviantART