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domingo, 8 de enero de 2012

LA RISA - Rafael Blanco Vázquez



El traductor amaba a Cioran.
En su juventud, Cioran había amado a Bergson, pero más tarde lo rechazó porque decía que el francés no había entendido la tragedia de la vida, limitándose a una jerga filosófica que, en la tragedia, resultaba vacía.
Por eso el traductor nunca habría leído a Bergson.
Y es que el traductor, a pesar de ser traductor, tenía un sentimiento trágico de la vida.
Pero cuando al traductor le propusieron que tradujera a Bergson le pareció un guiño de la vida, de la que el traductor tenía un sentimiento juguetón.
Se puso a leer y a traducir a Bergson, y le estaba encontrando cierto interés.
El traductor pensó: "Me encanta la música de Santiago Auserón. Santiago Auserón admira a Deleuze, a cuyas clases asistió. ¿Me leo o no me leo a Deleuze, tan serio, tan filosófico, tan bergsoniano?".
El traductor se respondió: "Me da pereza. Prefiero que la vida se esfuerce".
Al día siguiente la novia del traductor le preguntó:
- ¿Tú sabes qué significa defenestrarse?
- Tirarse por la ventana, ¿por qué?
- Hoy me han prestado un libro de un filósofo que al parecer se defenestró.
- Fumemos un cigarrillo.



Imagen: After Hours, de neilcollinsartist en deviantART

domingo, 23 de octubre de 2011

BANDA SONORA* - Rafael Blanco Vázquez



Era verano, claro. Se pasaban el día juntos. Iban a la playa, de fiesta, a dar vueltas con el coche. A él le gustaba ella pero la encontraba inasible. Era linda como pocas y tenía aventuras por doquier. Así que él, medio en broma, siempre le cantaba aquello de Santiago y Luis Auserón (versionando a Otis Redding):


Juguetitos hay por docenas
En la tienda que no valen ná
Déjame que yo te dé candela
Ay nena, te juro que soy duro de pelar


A ella le gustaba él pero lo encontraba inasible. Tan guapo, con esas canas. Un tipo que le sacaba catorce años, proclive al nomadismo. Le gustaba, era un hecho. Sólo que acumulando aventuras esquivaba lo esencial y evitaba sentirse vulnerable. Como todas las lindas era miedosa, pero también juguetona. Así que, medio en broma, siempre le cantaba aquello de Luis y Santiago Auserón (versionando a Screamin’ Jay Hawkins):


Por un hechizo tú
Vendrás a mí
Deja ya de enredar
Tiene que ser así


Un día iban en el coche, camino de sí mismos. Sonaban los hermanos Auserón (versionando una canción de Ray Davies popularizada por The Kinks):


Suéltame por favor
Que me estás matando con tu abrazo mi amor
A ver si el nudo sabes deshacer
Igual que antes lo hiciste suéltame eh
O qué

Suéltame desazón
Antes de que me consumas el corazón
Anula el sortilegio de este amor
Y deja que respire suéltame eh
O qué


Y ella con complaciente inocencia preguntó:
- ¿Qué significa desazón?
Y él con erudición contenta respondió:
- Desasosiego, inquietud, zozobra.
La suerte estaba echada. ¿Quién puede escapar al tópico?


*****


Era verano, claro. Un verano increíble. El mejor amigo de él (también madurito) y la mejor amiga de él (también jovencita y también mejor amiga de ella) conocían otro idilio singular. Pero cosa curiosa, rara vez estaban los cuatro juntos. Él estaba o bien con la parejita o bien con ella a solas. No me pregunten por qué. Está bien, yo creo que es porque así ellos se preservaban. De hecho nadie estaba al tanto de su historia. Para el mundo tan sólo eran amigos.

*****


El coche de él era el marco de todos los viajes. Como aquel que hicieron los tres después de que la mejor amiga siguiera la recomendación de los Auserón (versionando a Eddie Cochran y Jerry Capehart):


Y a tu madre le dirás que te vas de vacaciones
Porque ya tienes edad de tomar tus decisiones


Les encantaba sentirse como teenagers incomprendidos. A ellos porque, nostálgicos sin solución y cinéfilos sin remedio, se creían en Rebelde sin causa, en Al este del Edén, en Esplendor en la hierba. A la amiga porque a sus 22 estaba en el límite entre la adolescencia y la edad adulta, un límite siempre difícil que nadie está seguro de querer rebasar. Hasta el punto de que se inventaba ligeros conflictos con los padres, a los que ni siquiera se les habría pasado por la cabeza prohibirle nada. Todo tenía un perfume de verano que nunca volverá. Y ellos seguían cantando a coro la canción anterior:


Una locura soy capaz de hacer
Tristeza de verano al anochecer


*****


El verano tuvo un final feliz. El amigo dejó a la amiga y ella lo dejó a él. La amiga hizo un par de pucheros y él se sintió viejo e inútil. ¿Acaso existe mayor voluptuosidad? Él aún recuerda, años más tarde, cuando la acompañó a coger ese tren que él intuía que sería el último, sin que lo hubiesen hablado. Ella iba seria. Él cantaba para sus adentros a los Auserón Brothers (versionando a Robert Johnson):


Cuando el tren se alejó
Con sus dos luces detrás
Cuando el tren se alejó
Yo vi sus dos luces detrás
Una azul por mi pena
Roja porque tú te vas
Es en vano mi amor


*****


Poco después él, por esas cosas de la vida, conoció a Santiago Auserón en París. Se estaban tomando unas cervezas y no se resistió a la tentación de decírselo:
- Santiago, no te haces una idea de lo que yo he follado gracias a tu disco Las malas lenguas.
- Me alegro, chaval. Es un placer ver que la música de uno acompaña (qué digo acompaña, genera) tan gratos momentos.
Y pensó que estaría bien algún día rendirle un homenaje a todos los que hicieron posible aquel verano. Ella, su amigo, su amiga, los dos Auserón, su coche.



* Publicado en la antología Boxing Day de la editorial LCK15.

* Publicado en el blog Breves no tan breves


martes, 6 de septiembre de 2011

ANTES DE MORIR* - Rafael Blanco Vázquez



Yo estaba muy borracho.
Me echaron del bar a patadas.
Me quedé dormido en el suelo, hecho un despojo, con la cara llena de sangre.
Una mujer que pasaba por allí me reanimó. Me dijo:
- No puedo con usted, pesa usted mucho. Haga un esfuerzo por levantarse y vayamos a mi casa.
Una vez allí, sin perder un segundo, me preparó un baño de agua caliente. Me desnudó. Me avergonzó oler tan mal, pero ella actuó como si nada. Me enjabonó de la cabeza a los pies. Nunca una mujer me había tocado así, sin ningún reparo. Era maravillosa. Me lavó los huevos como si me lavara los brazos, pero sabiendo que eran los huevos. Me vomité encima. Sin hacer la menor mueca, me limpió los vómitos y me dijo:
- No se preocupe. Son cosas que pasan.
Lloré. Lloré como nunca había llorado. Lágrimas como berenjenas. Ella se puso a cantar:

Ay, agua del canto
Se escapa por las grietas de mi quebranto
Yo miro por ellas
La lumbre de los rayos y las centellas

- Eso es de Juan Perro –alcancé a decir.
- Así es.
Cuando empecé a sentirme mejor, me ayudó a salir de la bañera. Me secó, me peinó, me perfumó, me vistió con ropa de hombre. Se me puso cara de ganador. Me entraron hasta ganas de fumarme un puro.
Fuimos a la cocina, tomamos café sin hablar, me ofreció cigarrillos que acepté, le ofrecí sonrisas que aceptó. Lamenté decirle:
- Tengo mucho sueño. Necesito dormir.
Se levantó de su silla y me llevó a la cama. Me arropó, me cantó:

Duerme zagal
No tengas miedo del frío
Con las ramitas del campo baldío
Encenderé un hogar

No llores más
Que los demonios se han ido
Pero quizá volverán si haces ruido
Y nos encontrarán

Eso también era de Juan Perro.



* Publicado en el blog Breves no tan breves

Imagen: digital:me, de kubicki en deviantART

lunes, 22 de agosto de 2011

TRAS LA DEMOLICIÓN - Rafael Blanco Vázquez



El productor
Era un pequeño productor. Se disponía a estrenar la película de un director novel, minoritario, al que le unía un gran afecto. La trágica muerte de éste, en condiciones no esclarecidas, volvió millonario al productor de la noche a la mañana.
Había algo indecente en esta noticia, pensaba el escritor.


El carpintero
La carpintería era su pasión. Tenía cuarenta y cinco años. Se pasaba el día en el taller, puliendo, astillando, componiendo. Una astilla saltó de un tablón, se le clavó en un ojo y lo dejó tuerto.
Al cabo de los meses, se les ocurrió a él y a su mujer, extranjera, aprovechar el talento de ésta para la cocina de su país y abrir un restaurante chiquito, pero coqueto, en un barrio cualquiera de París.
Muy pronto, el restaurante y su cocina exótica se pusieron de moda. No había día que no estuviera lleno. Así seguía siendo diez años después.
Había algo emocionante en esta historia real, teorizaba el escritor.


Tomas
Era el mejor cirujano y el mejor follador de Praga. La Historia lo condenó a limpiar cristales, pero seguía follando como si nada. Más tarde, se retiró al campo con su mujer para trabajar en una cooperativa. Conoció la levedad de la vida sin responsabilidades y un día se mataron, él y su mujer, en un accidente de tráfico.
Había una enseñanza crucial en esta historia novelesca, cavilaba el escritor.


El profesor
Si no le hubiera dejado su primera novia, quizás nunca se habría movido de su ciudad. Tenía veinte años.
Luego se convirtió en “el que yerra” (Juan Perro), en perpetua búsqueda de “todas las perplejidades del mundo” (Cioran).
A los cuarenta se parecía al personaje de Juan Perro:

Nunca se acuesta en el mismo lecho
Mi ánima inquieta y crepuscular
Y aunque termine siempre maltrecho
Soy fiel al hecho de amar

Había una dulce condena en esta biografía, se emocionaba el escritor.


El escritor
Una tarde, paseando, se dio cuenta de su contradicción. Al compilar, comprendió y compendió: la vida se erige sobre escombros, no hay más.



Imagen: Come Along Pond - Doctor Who, de Girl-on-the-Moon en deviantART