domingo, 23 de octubre de 2011

BANDA SONORA* - Rafael Blanco Vázquez



Era verano, claro. Se pasaban el día juntos. Iban a la playa, de fiesta, a dar vueltas con el coche. A él le gustaba ella pero la encontraba inasible. Era linda como pocas y tenía aventuras por doquier. Así que él, medio en broma, siempre le cantaba aquello de Santiago y Luis Auserón (versionando a Otis Redding):


Juguetitos hay por docenas
En la tienda que no valen ná
Déjame que yo te dé candela
Ay nena, te juro que soy duro de pelar


A ella le gustaba él pero lo encontraba inasible. Tan guapo, con esas canas. Un tipo que le sacaba catorce años, proclive al nomadismo. Le gustaba, era un hecho. Sólo que acumulando aventuras esquivaba lo esencial y evitaba sentirse vulnerable. Como todas las lindas era miedosa, pero también juguetona. Así que, medio en broma, siempre le cantaba aquello de Luis y Santiago Auserón (versionando a Screamin’ Jay Hawkins):


Por un hechizo tú
Vendrás a mí
Deja ya de enredar
Tiene que ser así


Un día iban en el coche, camino de sí mismos. Sonaban los hermanos Auserón (versionando una canción de Ray Davies popularizada por The Kinks):


Suéltame por favor
Que me estás matando con tu abrazo mi amor
A ver si el nudo sabes deshacer
Igual que antes lo hiciste suéltame eh
O qué

Suéltame desazón
Antes de que me consumas el corazón
Anula el sortilegio de este amor
Y deja que respire suéltame eh
O qué


Y ella con complaciente inocencia preguntó:
- ¿Qué significa desazón?
Y él con erudición contenta respondió:
- Desasosiego, inquietud, zozobra.
La suerte estaba echada. ¿Quién puede escapar al tópico?


*****


Era verano, claro. Un verano increíble. El mejor amigo de él (también madurito) y la mejor amiga de él (también jovencita y también mejor amiga de ella) conocían otro idilio singular. Pero cosa curiosa, rara vez estaban los cuatro juntos. Él estaba o bien con la parejita o bien con ella a solas. No me pregunten por qué. Está bien, yo creo que es porque así ellos se preservaban. De hecho nadie estaba al tanto de su historia. Para el mundo tan sólo eran amigos.

*****


El coche de él era el marco de todos los viajes. Como aquel que hicieron los tres después de que la mejor amiga siguiera la recomendación de los Auserón (versionando a Eddie Cochran y Jerry Capehart):


Y a tu madre le dirás que te vas de vacaciones
Porque ya tienes edad de tomar tus decisiones


Les encantaba sentirse como teenagers incomprendidos. A ellos porque, nostálgicos sin solución y cinéfilos sin remedio, se creían en Rebelde sin causa, en Al este del Edén, en Esplendor en la hierba. A la amiga porque a sus 22 estaba en el límite entre la adolescencia y la edad adulta, un límite siempre difícil que nadie está seguro de querer rebasar. Hasta el punto de que se inventaba ligeros conflictos con los padres, a los que ni siquiera se les habría pasado por la cabeza prohibirle nada. Todo tenía un perfume de verano que nunca volverá. Y ellos seguían cantando a coro la canción anterior:


Una locura soy capaz de hacer
Tristeza de verano al anochecer


*****


El verano tuvo un final feliz. El amigo dejó a la amiga y ella lo dejó a él. La amiga hizo un par de pucheros y él se sintió viejo e inútil. ¿Acaso existe mayor voluptuosidad? Él aún recuerda, años más tarde, cuando la acompañó a coger ese tren que él intuía que sería el último, sin que lo hubiesen hablado. Ella iba seria. Él cantaba para sus adentros a los Auserón Brothers (versionando a Robert Johnson):


Cuando el tren se alejó
Con sus dos luces detrás
Cuando el tren se alejó
Yo vi sus dos luces detrás
Una azul por mi pena
Roja porque tú te vas
Es en vano mi amor


*****


Poco después él, por esas cosas de la vida, conoció a Santiago Auserón en París. Se estaban tomando unas cervezas y no se resistió a la tentación de decírselo:
- Santiago, no te haces una idea de lo que yo he follado gracias a tu disco Las malas lenguas.
- Me alegro, chaval. Es un placer ver que la música de uno acompaña (qué digo acompaña, genera) tan gratos momentos.
Y pensó que estaría bien algún día rendirle un homenaje a todos los que hicieron posible aquel verano. Ella, su amigo, su amiga, los dos Auserón, su coche.



* Publicado en la antología Boxing Day de la editorial LCK15.

* Publicado en el blog Breves no tan breves


lunes, 17 de octubre de 2011

UNA TARDE - Rafael Blanco Vázquez



Estaban en el salón, cada uno con su ordenador. De vez en cuando se miraban, se sonreían, se acariciaban la mano. De pronto él le preguntó: “Cuqui, ¿tú quieres que te meta el nabo en todo el higo?”. Ella rió: “No sé. No lo había pensado”. Él dijo: “Vete a la cama, desnúdate y ahora voy yo, en cuanto termine de leerme este cuento”. Ella obedeció, se desnudó, se metió en la cama, se abrió de piernas, decidió esperarlo separándose los labios con las manos. Él se leyó el cuento, se quedó meditando el final, se levantó de la silla, se fue desnudando por el pasillo, entró en el dormitorio y la penetró.


Imagen: Into The Fire, de jack-ouza-lantern en deviantART

martes, 11 de octubre de 2011

EL COLUMPIO - Rafael Blanco Vázquez



Quisiera echar un polvo melancólico.



Dejarse crecer la barba y afeitársela cuando pique o afeitarse cada mañana por estar presentable y sin picores, en un prurito por vivir sin pruritos.
Escribir por angustia o por oficio.
Exprimir los pesares o el talento.



Realmente paradójico: sentirse en posesión de la verdad al proclamar la inexistencia de ésta.



El hombre puede ser verdugo de los hombres, pero esto es accesorio: lo esencial es que es víctima de sí mismo.



Lo que daría por un malestar concreto.



- Y tú qué quieres ser de mayor.
- Cadáver.



La falsa generosidad de reconocer los propios defectos.
El falso desapego al diagnosticar los de los demás.



De dolor a folclore: la mutación más habitual.



El hombre, ser fluctuante entre dos necesidades contrapuestas: el yo también y el yo solo.



En cada línea que escribo retumba, más veloz que el anterior, otro salto hacia la incomprensión de mí.
No hay palabra que no me aleje de lo inefable. No hay expresión que no esconda lo que nunca podré expresar. No hay explicación que no me recuerde que mi tormento es inexplicable.



No poder ofrecerle a nadie nada más que mis atolladeros.



Si he estado a punto de hacer algo que no quería, no me importa no haberlo hecho, sólo me importa lo poco que ha faltado, el impulso por mi parte.
Si no he llegado a hacer algo que quería, no me importa haberlo querido, sólo me importa que no lo he hecho.



Mi cólera no tiene límite, como corresponde a quien vive de presumir de mártir.



Cómo resolver esta gratuidad sentimental que nos mantiene en perpetua oscilación entre el deseo de cambio y la comodidad del problema conocido.



Perderse, disolverse en la contemplación de un espacio en blanco entre dos fragmentos.



Imagen: Goodbye Kiss, de angelboi69 en deviantART



domingo, 9 de octubre de 2011

AÑICOS - Rafael Blanco Vázquez



Ese día en que la gente decida no ocuparse más que de su propia pena de no ser más que gente.



Todos mis accesos de furia y desolación provienen de mi envidia y de la merma de mi poder social. A todos respondo por la vía de la humillación o por la de la dialéctica, cuyo pretendido raciocinio la hace aún más cruel. El dolor es indigno.



Esas eyaculaciones abundantes como chorros de amargura reconcentrada, ese estallido en el que reluce la rutina espiritual.



Cambio de términos: sustituir filosofía por sofialgia



Pues claro que el pensamiento es libre. Lo que no hay es quien nos libre a nosotros de él.



Necesitar ardientemente a alguien o, dicho de otro modo, temer ardientemente descubrir que no se le necesita. El miedo a la soledad es más bien pánico al egoísmo.



El otro, ese ser que siempre se cree más listo que tú (y siempre sin motivo).



Me gusta verme a mí mismo como un sofista, a menudo me sueño descansando, triunfante, en la gratuidad, pero es evidente que no soy sino un infeliz que aspira al entendimiento, un pobre hombre proclive a la explicación, un cúmulo de tormentos añorantes de la normalidad.



Está claro que necesito ayuda o, dicho de otro modo, está claro que nadie puede ayudarme.



Después de revisitar Desmontando a Harry, de Woody Allen, con su mezcla de humor y horror, de trascendencia y chiste, mis fragmentos me resultan de una gravedad intolerable, de un negror impracticable. Claro que eso se soluciona revisitando a Cioran, al lado del cual Woody Allen me parece un payaso.



Imagen: Arte tétrico, de Grzegorz Kmin alias Aspius