viernes, 2 de septiembre de 2011

SIN IMPORTANCIA* - Rafael Blanco Vázquez


Ante un vaso de ron, reflexionaba la otra tarde el escritor inédito con su reconocible estilo basado en la repetición: “¿Por qué habría de ser importante para los demás aquello que es importante para mí? Pero vivir es un sinvivir, y yo me desvivo: quiero que lo que considero importante yo lo consideren importante los demás. Definición de los demás: quienes quieren que yo le dé importancia a aquello que no la tiene”.


* Publicado en el blog Químicamente impuro  
 


Imagen: cosmic lurker, de nicktheartisticfreak, en deviantART


DENTRO Y FUERA DEL TIEMPO* - Rafael Blanco Vázquez


Había una vez dos hermanas que vivían juntas.
Una tenía perro, la otra gata.
Ambas tenían un amigo que solía ir a visitarlas.
El amigo no tenía perro, ni gato, ni plantas, ni novia.

Aquel día la gata, de natural arisco y antisocial, se acercó hasta él gimiendo. Por primera vez dejó que la acariciase. Estaba como angustiada.
- ¿Qué le pasa a ésta?
- Está en celo, la pobre. No para de sollozar.
Aquello lo afligió. Agarró a la gata y le acarició la panza.
- ¿Por qué no la castráis?
- Si lo que queremos es que se la follen de una vez.
Y la gata se subió a los tejados a gritar. Era desgarrador.

El perro era dócil y algo pánfilo. Un perro madrero. Nunca se había interesado por el sexo.
El amigo lo llamó, pero el perro ni se inmutó.
- ¿Qué le pasa a éste?
- ¿Que no te lo he dicho? Se ha quedado sordo.
- ¿Perdón?
- Me lo dijo el veterinario el otro día. Cosas de la edad.
- Ojú.
- A veces me busca y no oye que estoy en la ducha y se pone a llorar desconsolado.
Él le acarició con gesto triste las orejas al perro, que lo miraba con sus ojos ausentes.

Las hermanas se fueron un segundo a sus habitaciones. Él se quedó en el salón, pensativo.

Al rato fue a ver a una de ellas, que estaba algo mustia.
- ¿Y a ti qué te pasa?
- Que estoy con la autoestima por los suelos.
- ¿Y eso por qué?
- Un tipo con el que andaba yaciendo, que me ha llamado para decirme que no quiere seguir.
- Te jodes.
- Serás cabrón.
- La vida es muy dura.
- Dame un abrazo.
- Te voy a dar un pijote. Qué desastre de casa, estáis todos para el arrastre.
- La verdad es que sí. Mi hermana está fatal de la espalda.
- Voy a verla.

- Bonita tú. Que me he enterado de que te duele la espaldita.
- Pues sí, de tanto trabajar.
- Hártate de mierda.
- Serás becerro.
- De mierda pura, de mierda verde, de mierda con moscas.

Volvieron los tres al salón. La gata bajó de los tejados. No paraba de maullar. El perro le puso el hocico en el culo y ella se abrió de patas, complaciente.
Una de las hermanas se sentó al piano y tocó un poco de jazz. El amigo se puso a cantar. La otra hermana bailaba que daba gusto.
Compartieron unos whiskies y se prepararon para ir de fiesta.

Antes de salir, él corrió al cuarto de baño. Desde hacía tiempo tenía problemas de flema. Se le subían grumos de moco como milanesas de ternera.
Estaba inclinado sobre el lavabo cuando oyó a las dos hermanas:
- Qué asco de tío, coño. ¿No podrías hacer menos ruido?


* Publicado en el blog Breves no tan breves


Imagen: Tom Waits, de André Carrilho, en flickr

SEXO DE MIERDA - Rafael Blanco Vázquez



Yo estaba tan tranquilo haciendo caquita, totalmente en bolas, que para estos menesteres la ropa me molesta.
De pronto llamaron a la puerta.
- Cago en Peneque.
Me puse unos calzoncillos, una camiseta y fui a abrir.
Era una chica más bien monilla, aunque con cierta arrogancia en la expresión.
- Uy perdona, te cojo en mal momento.
- Para qué te voy a mentir. Estaba jiñando.
- Qué casualidad. Yo estoy haciendo unas entrevistas sobre los hábitos cagatorios del personal. ¿Te importa si entro?
- En absoluto.
- De hecho se me ocurre que en vez de hacerte el cuestionario puedo observarte en plena faena. ¿Te parece?
- Pues mira tú qué buena idea.
Nos fuimos ambos al baño. Un baño espacioso, luminoso, de tonos claros. Yo me desnudé y me senté en la taza. Ella se instaló en el borde de la bañera.
- Así que tú eres de los que se desnudan.
- Pues sí.
- Yo también, me siento más libre.
- Ahora estoy contigo.
Planté un pino de esos que traen púas. Es increíble lo que aguanta un ano sin desgarrarse. Aunque un poco de sangre manchó el papel.
- Almorranas, supongo.
- Supones bien, muñeca.
- Qué lindo bidet.
- Imprescindible para tener el culo limpito y bien fresquito.
Me senté en el bidet y me limpié con jabón, paciencia y una sonrisa.
Cada vez me parecía más guapa. Tenía una mirada maliciosa.
- Eres muy guapa.
- Tú también. Me gustas cuando cagas.
- Me alegro.
- ¿Puedo cagar yo también?
- Qué pregunta.
Se desnudó. Se sentó en el inodoro con elegancia. Yo terminé de secarme y me apoyé en el lavabo, frente a ella. Soltó su zurullo sin dejar de mirarme a los ojos. Me acerqué y le puse la mano en el chocho. Qué rico chocho. ¿Hay algo más femenino que un chocho? Se lo acaricié con dulzura mientras ella me lamía los pezones.
- Eres un hombre de pelo en pecho.
- Eres una mujer de chocho depilado.
- ¿Me limpias el culo?
- Y te ensucio la cara si hace falta.
Mientras le limpiaba el culo me besó. Mientras se lo enjabonaba en el bidet siguió besándome. Mientras preparaba la bañera multiplicó sus besos hasta la extenuación. Caímos derrengados en el agua calentita y espumosa. Allí fumamos, reímos y bebimos whisky.
- Tengo que confesarte algo.
- Dime, hija.
- Lo de la entrevista era mentira. Es que no sabía cómo entrarte.
- ¿Que ya me conocías?
- Te vi salir un día de tu portal y me enamoré. Llevo semanas siguiéndote.
- Y ahora qué hago yo.
- Espero que no te enfades.
La abofeteé.
- Pues claro que me enfado. ¿Qué te has creído que es esto? ¿Por quién me has tomado?
- Lo siento, de veras.
- Está bien. Que no se repita.
- ¿Puedes abofetearme otra vez?
- Ya estamos.
- No me lo habían hecho nunca.
- Tu vida es un desastre.
Le guanteé la cara y la boca, le pellizqué los labios del coño.
- Eres tan guapo.
- La verdad es que sí.
Y allí estuvimos un buen rato, hasta que las arrugas de nuestros dedos nos recordaron que teníamos una vida y que había que volver a ella.


Imagen: Beso, de Sergio Subbótin en SubbotinART

EL RELOJ DE PÉNDULO* - Rafael Blanco Vázquez


Un tipo va por la calle, pero la calle está llena de tipos. Tipos de todo tipo. El tipo se angustia y se vuelve a su casa, donde también se angustia. Todo tipo de angustias se abaten sobre el tipo. ¿Qué tipo de vida es ésta?, se angustia el tipo. El tipo sigue yendo de la calle a su casa, sin saber qué hacer con tanta angustia.

Un día conoce a una tipa. No parece angustiada. El tipo se emociona y aparca sus angustias, que reaparecen cuando más tranquilo está. De pronto, el tipo y la tipa se angustian mutuamente, y todo se vuelve un lío que ninguno de los dos es capaz de desanudar.
           
Ahora sí que el tipo ya no sabe qué hacer. Entre la angustia de la multitud y la angustia de la soledad parecía haber un remanso, pero las aguas del remanso se han enfurecido y el tipo, que no sabe nadar, consigue salir a flote sin entender nada. ¿Qué tipo de oleaje es éste que deja salir a flote a un tipo como yo?, se sorprende el tipo, que tiene una pregunta para cada tipo de situación.
           
Cuando quiere darse cuenta, el tipo ha aprendido, digamos, a oscilar entre las tres situaciones: a veces se da un atracón de multitud, a veces se encierra hasta el hartazgo, a veces vivir de a dos parece ser placentero. A veces el tipo hace tríos: multitud, soledad y tipa. Pero el tipo se angustia haga lo que haga, así que el tipo decide que es lo que hay, y así se lo dice a la vida:
           
- Cuando tienes razón tienes razón.
           
Y el tipo deja pasar la vida entre angustias sin remanso y remansos de angustias escondidas. Fuma cigarrillos, bebe alcohol, juega al fútbol y cena con amigos. En ocasiones se le olvida que la vida tiene razón y se deja llevar por ataques de ira de un negro insondable. De tanto en tanto conoce a grandes tipos pero siempre tiene presente la frase de La Bruyère, que decía: “Cuanto más se acerca uno a los grandes hombres, más cuenta se da de que son hombres”.



* Publicado en los blogs Breves no tan breves y La esfera cultural y en la revista Literarte
* Leído por La Voz Silenciosa


Imagen: La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai